El pasado día 2 de marzo de 2011, tuvimos la gran suerte de contar con Mª José Florez Estada; escritora de cuentos desde el año 2002.
Vino desde República Dominicana, donde reside actualmente para leernos su cuento "Napoleón Smith".
Mª José ha participado como lectora en cursos literarios para adultos y ha participado en números concursos como el prestigioso Juan Rulfo, quedando también finalista con su cuento "Macario" en el concurso internacional de cuentos Casa de Teatro.
¿Qué hace un amo cuando se le muere un perro? ¡Se compra otro perro!
¿Qué hace un perro cuando se le muere el amo...?
Me llamo Napoleón Smith y hasta hace un mes era un perro feliz. Lo tenía todo: amor, casa, comida...hasta un jardín donde jugar y enterrar mis huesos. Nací en Nueva York, la ciudad con los edificios más altos que he visto en mi vida; así que soy americano. Pertenezco a ese gran continente donde hay gente de todos los colores, casi como yo.
Bueno, en realidad soy blanco y negro, de estatura mediana y pelo corto, poco adecuado para los inviernos tan fríos que tenemos aquí. Mis ojos son como mi piel, es decir de dos colores: El derecho negro y el izquierdo azul. Aunque parezca muy raro, en mi raza no lo es...¡Soy un dálmata! Sí, como los de la película que nos hizo tan famosos. Pero lo que casi nadie sabe es que también somos conocidos por ser la mascota oficial de los bomberos americanos. No es por casualidad, ni porque seamos bonitos. Es que tenemos una gran resistencia al calor y no nos asusta el fuego. Cuando era pequeño, le oí contar a mi madre que hace mucho, mucho tiempo, nuestra raza vivía en Egipto, sólo que todavía no teníamos manchas, éramos de color blanco “Somos esos perros que aparecen al lado de los faraones, en las pinturas de las pirámides”, nos decía mamá muy orgullosa cuando nos reunía a todos delante de la chimenea (nuestro sitio favorito) en las frías tardes de invierno.
Tuve la suerte de que me tocó un bombero como amo. Se llamaba Peter Smith y como a mi, no le gustaba el frío. “Por eso me hice bombero. El calor del fuego no me asusta. Yo nací en Jamaica, una isla del Caribe; pero cuando era muy pequeño mis padres decidieron irse en busca de mejor vida. Eramos muchos hermanos y el dinero no nos daba para comer. Al principio, nos costó mucho trabajo adaptarnos a este país. Era todo muy diferente. Hasta el inglés. Al final nos acabamos acostumbrando. Después de todo, lo importante era estar juntos y no perder nuestras costumbres... Pero un día volveré y vendrás conmigo. Nos tumbaremos debajo de una palmera y beberemos agua de coco. Porque tú, Napoleón, siempre estarás conmigo. Tú y yo somos más que familia”.
Así me sentía yo. Siempre estábamos juntos. Nuestra mañana empezaba de madrugada. Salíamos a correr todos los días tres kilómetros, asi que cuando volvíamos a casa estábamos cansados y hambrientos. Mientras él se duchaba, yo recogía el periódico en la puerta. Después de desayunar, partíamos a la estación principal de los bomberos. Allí transcurrían las horas entre entrenamientos y simulacros de fuego. Yo también me entrenaba. Era famoso por mi rapidez en detectar gente atrapada dentro de las casas, de los edificios...Pero no sólo apagábamos fuegos. También rescatábamos personas caídas en pozos, locos que se querían tirar del puente, ancianas que se quedaban atrapadas en sus casas.... Era una vida apasionante, porque como decía Peter: “¿Qué puede haber más interesante que salvarle la vida a otro ser viviente?” Sí, porque no sólo eran humanos los que librábamos de la muerte. También salvamos perros, periquitos, tortugas, cocodrilos, iguanas, cualquier tipo de mascota que los hombres se buscan para que les hagan compañía. Era emocionante ver como se convertían las lágrimas en sonrisas, cuando se los devolvíamos sanos y salvos.
Para eso contábamos con los mejores equipos, los carros más modernos y las escaleras más altas. Aquellas madrugadas por las calles vacías de la ciudad de los rascacielos , tocando las sirenas con los cascos puestos (yo también tenía uno) y rezando para llegar a tiempo, no se me borrarán nunca de la memoria. A veces volvíamos a casa exhaustos, mojados, llenos de tizne y con los pulmones abarrotados de humo.
Para recuperar nuestro color (el de Peter era un negro brillante que se convertía en gris) nos hacían falta dos o tres duchas. Otras veces nos quedábamos sin voz de los gritos que teníamos que dar para poder entendernos entre aquel estruendo de cristales rotos y paredes desmoronándose. En realidad mi trabajo era saltar el primero y olfatear entre los escombros, o en las habitaciones cerradas para ver si todavía había gente viva. Si la había, tenía un ladrido especial, como si fuera una corneta, que alertaba a mi amo y al resto de sus compañeros. Nuestra casa estaba llena de medallas por méritos en el trabajo. ¡Salimos hasta en las revistas! A veces teníamos vacaciones, pero no nos gustaba ir muy lejos. Siempre pensábamos que había alguien que nos podría necesitar. Nos gustaba mucho pescar. Los domingos que teníamos libres, íbamos al pueblecito donde vivían sus padres y sus hermanos. Quedaba a dos horas de Nueva York y tenía un lago donde cogíamos truchas. Pero no nos las comíamos. No nos gustaba el pescado, y además tampoco nos sentíamos bien viendo como se asfixiaban después de toda la gente que salvábamos de ahogarse. Les dábamos las gracias, y las volvíamos a soltar. ¡Hay que ver que ojos de agradecimiento nos ponían antes de desaparecer en el agua!.. Generalmente nos trasladábamos en el viejo descapotable rojo que mi amo había comprado en una subasta. Si hacía buen tiempo, quitábamos la capota, poníamos la música que más nos gustaba, una que se llama “calypso”, y que se toca en las islas de donde era Peter, nos colocábamos las gafas de sol y un pañuelo con los colores de nuesotro equipo favorito de fútbol (yo también lo llevaba) y nos paseábamos por la calle principal del pueblo despertando miradas de admiración. Nos decían Batman y Robin, y la verdad es que yo, por lo menos, me sentía un personaje de película. Ningún otro perro llevaba la vida que yo llevaba. Ningún otro tenía el amo que yo tenía. Hubiese dado la vida por él y él por mí.
Aquel día empezó como otro cualquiera. Nos levantamos, corrimos, desayunamos y pusimos la televisión. Teníamos tiempo, porque todavía estábamos en vacaciones. Yo me subí a su lado en el sofá, y recosté el morro sobre sus piernas. Mientras oíamos las noticias, me pasaba la mano por la cabeza. Si hubiese sido gato, habría ronroneado de placer.
Todavía era verano, y el aroma de las flores entraba por la ventana abierta. Soy un perro con el olfato muy desarrollado debido a mi profesión, y me encantan los buenos olores. Estaba casi durmiéndome cuando de pronto oí la voz de mi amo que exclamaba: “¡Napoleón, mira esto! ¡No puede ser!”... Abrí los ojos de par en par. Enfrente mio, en aquella pequeña pantalla de televisión, las dos torres gemelas, esos edificios que salían en todas las postales y fotos de los turistas que visitan Nueva York, se desmoronaban como dos castillos de arena Nos pusimos en pie de un salto y corrimos al teléfono. Peter trató de comunicarse con la estación central, pero sonaba siempre ocupado. Ni siquiera llamando a los números especiales que tenía pudo conseguirlo.
Cogimos el descapotable y llegamos a nuestro lugar de trabajo en menos que canta un gallo. Allí todo era confusión. Alguien decía que había sido una avioneta que había perdido el rumbo y se había estrellado contra los edificios. Otros que eran bombas. El caso es que nos pusimos los uniformes y salimos a toda velocidad en el primer carro que nos pudimos montar. Tocábamos las sirenas y las campanas para que la gente nos dejara pasar. Tuvimos que aparcarlo bastante lejos. La humareda era tan grande que practicamente no veíamos nada. Entramos en aquella zona de desastre como dos ciegos. La genta corría asustada y herida. “¡Napoleón, trata de no separarte de mi!”, gritó mi amo mientra nos sumergíamos en aquel infierno.
No puedo contar las vidas que salvamos. Perdimos la noción del tiempo. Sólo se que cuando pensábamos que habíamos acabado, el llanto de un niño y los gritos desesperados de su madre, nos obligaron a entrar otra vez. Aquello cada vez estaba peor. No se veía nada y el calor era insoportable. Empecé a olfatear hasta que encontramos la puerta de las escaleras de emergencia por donde todavía bajaba gente.
”¡No suban, esto va a destruirse!”, nos gritaban nuestros propios compañeros de trabajo...”¡Allí arriba no queda nadie vivo!”...Pero mi olfato no me engañaba. Seguimos yendo en contra de la gente y alcanzamos el tercer piso. Los gritos de la mujer cada vez se oían más débiles y el llanto del niño ya no se escuchaba. Me paré delante de una puerta que permanecía cerrada y que se había deformado por el calor y esperé a que mi amo la tumbase con el hacha. Aquellos minutos se hicieron eternos. Por fin la puerta cedió y entramos a tientas guiándonos solamente por mi olfato, porque la mujer había dejado de gritar. Por fin los encontramos, estaban abrazados, desmayados pero vivos debajo de la única ventana que no se había destruido. Peter cogió primero al niño y salió con él corriendo, al tiempo que me advertía “¡no te separes de ella!”...
...¡Enseguida vuelvo a por vosotros!”...Me quedé al lado del cuerpo de la mujer, que gemía débilmente. “¡Mi hijo, mi hijo!...¡Salven a mi hijo!”. Como no le podía contestar, le lamí la cara un par de veces para que supiera que no estaba sola. Ya casi no podía respirar y sentía que la garganta me ardía. ¡Hubiese dado cualquier cosa por un poco de agua.!...”No podemos pensar en nosotros. Un segundo de retraso significa una vida. Primero resolvemos y después lloramos”, me decía mi adorado amo cada vez que salíamos de rescate. Estaba empezando a perder la esperanza cuando lo vi regresar. La alegría fue tan grande que se me olvidó la sed, el calor y aquel humo que me asfixiaba y que casi no me dejaba ladrar. Lancé una especie de aullido, que fue lo único que me salió, para indicarle donde estábamos. Se acercó lo más rápido que pudo y se echó la mujer al hombro. Casi no podía sostenerse en pie; estaba agotado.”¡Napoleón, indícame la salida!”...brincando sobre los escombros y esquivando los trozos de techo que se nos venían encima, llegamos hasta donde había estado la puerta. Salté por encima y esperé a que él lo hiciese. En el momento en que la traspasaba, se oyó un estruendo y lo poco que quedaba de habitación se vino abajo. Miré con deseperación hacia donde habían estado, y no los vi. Volví para atrás y me puse a revolver como un loco entre los escombros. Por fin di con ellos. Mi amo me miró, estaba mal herido. La sangre le salía por la nariz y me suplicó que tratara de salvarla. Ante mi duda (yo quería salvarlo a él) me recordó nuestro juramento: “Primero ellos. Recuerda que vinimos a este mundo a salvar vidas. No importa si para eso tenemos que sacrificar la nuestra. Morir en acto de servicio es lo mejor que nos puede pasar. Hazlo por mí. Te quiero, hermano”.
No se como pude sacarla, ni como la arrastré tres pisos abajo. Solo se que lo único que me daba fuerzas era la desesperación de volver a por él. Dejé a la señora en manos de mis otros compañeros y traté de entrar otra vez. Unos brazos me agarraron y a pesar de que los mordí hasta hacerme daño en los dientes, no conseguí que me soltaran. Aullando y ladrando me sacaron de aquel infierno. Cuando pude volver la vista atrás, no vi nada. El humo me había cegado y lo último que oí antes de desmayarme fue la voz de la señora dando las gracias por haber salvado a su hijo.
Nunca más volví a casa. Del hospital donde me llevaron y me curaron, me trajeron a la estación central. Allí, en la entrada, estaban todas las fotos de los bomberos muertos en acto de servicio. Busqué a Peter y lo encontré como yo lo recordaba, vestido de uniforme y con su sonrisa blanca iluminando su cara. En ese momento me di cuenta que jamás lo volvería a ver, que era un perro sin amo. Alcé el morro hacia el techo y me dispuse a soltar el más lastimero aullido que hubiesen oído nunca; es la manera que tenemos los perros de expresar nuestra pena y nuestro dolor. Para mi gran sorpresa no se oyó nada. Volví a intentarlo con el mismo resultado. Solo el silencio llenó mis oidos. Miré con lágrimas en los ojos al bombero que me había salvado la vida al evitarme entrar en un edificio que ya no existía. Me pasó la mano por la cabeza y muy tristemente me dijo: “Perdiste la voz, Napoleón. El veterinario nos dijo que nunca volverás a ladrar”.
Han pasado tres meses desde entonces, y yo no logro reponerme de la pena. Soy un perro huérfano y mudo. Nunca volveré a encontrar un amo. ¿Quién me va a querer, si no sirvo para nada?...Dejo pasar los días, acostado y sin fuerzas para moverme en el almohadón que me han hecho a mi medida en la estación principal. Me siento el perro más triste del mundo.
Mi vocación de bombero murió junto con mi amo. Veo salir al resto de mis compañeros y ya no me emociono. Aunque quisiera ir con ellos, no me llevarían. No les puedo avisar con mi ladrido de corneta, soy un perro mudo.
Con esa tristeza vi llegar la Navidad y con ella el frío y la nieve. Me acordé de lo que me decía Peter cada vez que nos teníamos que poner las bufandas. “¡No te preocupes, Napo. El próximo año ocurrirá un milagro y tú y yo nos iremos al Caribe a pasar calor”...Pero aquello era ya imposible. Después de la muerte de él los milagros habían dejado de existir.
Así llegó el fin de año. Mis compañeros trataron de alegrarme trayéndome los mejores huesos, hasta chuletas, con tal de verme más alegre. Estaban todos cantando, cuando de pronto sonó la sirena. Inmediatamente se pusieron en marcha. En menos de cinco minutos estaban todos listos y montados en los carros. Los vi partir con envidia. Iban a salvar vidas, no como yo, que lo único que me quedaba era morirme de viejo y de inútil en este almohadón.
Pasaron dos horas interminables hasta que por fin los vi volver. Venían chamuscados pero contentos. “Menos mal que pudimos salvar a todo el mundo. Hasta a la cotorra. Lástima que se le quemaron las alas, además está coja, le falta una pata. Nos la quedaremos hasta que la vengan a reclamar. Mientras tanto, le puede hacer compañía a Napo”.
Entonces la vi. Era un pájaro con unas plumas color verde lechuga y el pico rojo. Se parecía a los que había visto en las fotos que Peter me enseñaba del Caribe. En ellas siempre aparecía una palmera y un pájaro como ella. La miré con curiosidad. Nunca había visto una de cerca. Se dejó curar sin decir nada y luego la depositaron en el almohadón al lado mio. Tenía los ojos cerrados y casi no respiraba. Pensé que se iba a morir. “Napo, esta noche la cuidas tú. Estate alerta con los ratones, no la vayan a morder. Ya sabes que no puede volar ni caminar”.
La cuidé esa noche y las siete más que tardó en abrir los ojos. Durante todo aquel tiempo, no me atreví a dormirme. Por fin, al séptimo día, comenzó a reaccionar. Suspiré aliviado, ahora podría descansar un rato. Me estaba quedando dormido cuando oí un ruido parecido al rugido de un león. Me desperté asustado. Miré alrededor y me encontré con los ojos amarillos de mi compañera de almohadón que me miraban con burla.
“He sido yo”, oí que decía. “Me llamo Josefina y nací en el Caribe, pero casi no me acuerdo porque cuando era muy pequeña, me compró un marinero, de esos que dan la vuelta al mundo varias veces. Sé hablar varios idiomas y, además, imito toda clase de ruidos. Ese rugido que acabas de oir, lo aprendí de un auténtico león africano. También se mugir como un toro, croar como una rana, cantar como un gallo y berrear como un chivo. ¿Quieres oirlo?”
Antes de que pudiese decir nada, empezó con su concierto. Aquello parecía una selva. “¿Qué te ha parecido?”, me preguntó cuando acabó, guiñándome un ojo. Asentí con la cabeza. “Es verdad, se me había olvidado que eres mudo. Lo estaban comentando tus compañeros cuando me traían en el carro. No te preocupes, que yo también se imitar diferentes ladridos. Sólo me tienes que avisar cuando oigas el que más te guste”.
Efectivamente, durante cinco minutos aquella cotorra se dedico a imitar todo tipo de ladridos; desde chihuahuas hasta pastores alemanes, pasando por dóbermans y rottweilers. Al llegar a ése le hice una señal. Siempre me había gustado aquel sonido; espantaba a cualquiera. Josefina se paró y volvió a hacerlo. Esta vez también gruñó. Lo ensayamos juntos. Tardamos cinco días en acoplarnos; ella ladraba y yo abría la boca al mismo tiempo. Estaba feliz. Ya no me sentía un inútil. Le propuse salir a la calle para ensayar el invento. Josefina se posó en mi lomo con su única pata y gritó a voz en cuello: “¡Abran paso! ¡Llegaron Batman y Robin!”.
Lo primero que vimos fueron tres gatos rebuscando en la basura. Abrimos la boca a la vez, y aquello fue un éxito. Los felinos desaparecieron dando saltos. Decidimos seguir un poco más. Doblamos la esquina y nos metimos por un callejón oscuro. De pronto oímos los gritos de una mujer pidiendo socorro; salían de un portal entreabierto. Corrí hasta allí lo más rápido que pude. Josefina en mi lomo ladraba, aullaba y rugía sin parar. Entramos como un ciclón y nos abalanzamos sobre dos delincuentes que estaban atracando a una señora y a un niño que lloraba atemorizado. No hizo falta que los mordiera dos veces. Salieron disparados pidiendo ayuda “¡Un monstruo, era un monstruo!” le decía uno al otro mientras desaparecían de nuestra vista.
Volvimos a entrar en el portal. Josefina iba dando gritos de alegría con un vozarrón que debía de ser imitación de su antiguo amo. Parecia un hombre. El niñito seguía llorando y su mamá no sabía que hacer para calmarlo. Me los quedé mirando. Había algo en ellos que me resultaba familiar. ¿Dónde los había visto?
La señora me sacó de mis dudas al exclamar “¡Mira Pedrito, es igual al perro que nos salvó!”...Se me aguaron los ojos. Eran ellos, aquellos por los que mi amo dio la vida. Josefina sintió mi tristeza y me dijo con una de sus voces más dulces: “No te pongas triste, Napoleón. A Peter no le hubiese gustado”.
“¡Tú eres Napoleón!”, volvió a exclamar la señora emocionada. “¡Ven Pedrito, saluda a tu héroe!”, le dijo a su hijo que ya se había calmado y sonreía entre lágrimas. Lo cogió de la mano y lo llevó hacia mi. “Pedrito no puede ver desde que ocurrió lo de las torres. El fuego y el humo le estropearon los pulmones y los ojos. Pero todas las noches, antes de dormirse se acuerda de ti. Rezaba para volver a encontrarse contigo. Precisamente en su carta a Santa Claus le pedía ese regalo. Encontrarte aquí ha sido un milagro”.
Josefina estaba emocionada y yo también. Mientras me acariciaba, lo miré a los ojos. No podía creer que aquellos dos cristales negros, grandes y expresivos no pudiesen ver nada. Volvimos todos juntos a la estación central. Celia, que así se llamaba la madre del niño, quería contarles personalmente a mis compañeros lo que habíamos hecho. “¡Sois unos héroes!...¡Nos sentimos muy orgullosos de vosotros!”, nos decían mientras nos tomaban fotos.
Cuando llegó el momento de la despedida, Pedrito se puso a llorar, no quería separarse de nosotros. A mi también me dieron ganas de hacerlo.”Podrás venir a visitarlo cuando quieras, sacarlo a pasear” trataban de consolarlo mis compañeros. “Es que nos vamos dentro de cinco dias. Volvemos al Caribe.Toda nuestra familia vive en Santo Domingo. Allí tendré más tiempo para estar con él.” les explicó Celia. “Si pudieran venir con nosotros...Napoleón y Josefina me ayudarían a cuidarlo” añadió como si nos hubiese leído el pensamiento.
Ha pasado un año y vuelve a ser Navidad. Desde mi almohadón veo caer la nieve por la televisión. La realidad es que por la ventana entra un sol espléndido y en diez minutos nos iremos a la playa. Estoy esperando a Josefina, a Celia y a Pedrito que fueron al pueblo a comprar una tarta para celebrar nuestro primer año en esta isla del Caribe. Mis compañeros se conmovieron con la historia de Pedrito y con sus ojos ciegos. Decidieron que yo estaba perfectamente capacitado para cuidarlo. Nos despidieron con honores y pusieron mi foto al lado de la de mi amo.´´Te lo mereces Napoleón. Eres igual de valiente que lo que fue él. Estaría muy orgulloso de ti, como estamos todos nosotros.´´me dijeron antes de partir hacia esta isla que no es la de Peter, porque aquí no hablan inglés, sólo español. Tampoco tocan calypso, sino otra música que se llama merengue, pero es igual de alegre, como su gente. Vivimos en una pequeña casa frente al mar, y en lugar de enterrar mis huesos en la tierra debajo de un árbol, los escondo en la arena, al lado de mi palmera favorita. Todas las tardes, cuando Pedrito vuelve de la escuela, caminamos por la playa en busca de tesoros que nos trae el mar. Generalmente soy yo que los encuentro (sigo teniendo el olfato muy desarrollado) y Josefina la que da la voz de alarma. Celia lo recoge y se lo entrega a Pedrito, que nos sonríe y nos mira como si pudiese ver.
Esta noche, después de que apagamos la vela y nos comimos la tarta, nos sentamos en la terraza. Una luna llena iluminaba el mar. Miré las estrellas y me acordé de Peter. De las veces que soñó en volver a su isla conmigo. Me pareció estar oyendo su voz cuando me decía: “¡No te preocupes Napo, el próximo año ocurrirá un milagro y tú y yo iremos al Caribe!”.
El milagro había ocurrido y aunque él ya no estuviese junto a mí, no me sentía solo. Había entendido que aquel niño ciego, y aquella cotorra coja junto con Celia, era la herencia que mi querido amo me había dejado para que nunca me olvidara que aunque él ya no estuviera y yo ya no fuera bombero, ni me paseara en los mejores carros con las mejores mangueras y las escaleras más altas, mi labor en esta tierra seguía siendo la misma.
Yo era los ojos de Pedrito y las patas de Josefina, que a su vez era mi voz. Ninguno podemos estar ya sin el otro. Celia a veces dice que nos parecemos los tres mosqueteros. Es verdad, somos una hermandad inquebrantable. Cada vez que vamos a salir a la calle, se oye la voz de Josefina gritando: “Acordaros amigos: ´¡Todos para uno y uno para todos!´“
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